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Revista N° 33


QUEREMOS A LA DERMATOLOGíA

Junto a su lista “Queremos a la SAD”, el Dr. Allevato se convirtió en el nuevo presidente de la Sociedad Argentina de Dermatología. Es el capítulo más reciente de una larga trayectoria, que vio la conducción del renombrado Curso Pierini, la edición de la revista ATD, numerosos puestos en la SAD y décadas de docencia y formación en el Hospital de Clínicas.

CE: Cuéntenos un poco de su trayectoria y sus primeros pasos en su carrera
Desde una temprana edad siempre tuve la intención de seguir Medicina y, en particular, Dermatología. Desde la secundaria ya sabía que quería ser médico y dermatólogo. Terminé la secundaria e hice el curso de ingreso para Medicina. Antes de empezar mi carrera, conocí a Alejandro Cordero. Quedé impactado por su personalidad y su forma de ser. Si hubiera tenido alguna duda de seguir Dermatología – aunque nunca la tuve – con la presencia de Cordero creo que se consolidó mi decisión. Cuando yo comuniqué mis ganas de ser dermatólogo, él me dijo: “Bueno, primero aprobá el examen de ingreso y después venís y hablamos”.
Cuando aprobé el examen de ingreso, fui a verlo. Él estaba en ese momento como jefe del Hospital Tornú. Empecé a ir los viernes al Hospital, a Dermatología. Ahí empezamos a hacer transplantes de pelo, y yo ayudaba. Pero después de tres meses, Cordero me comunicó que lo habían asignado al Hospital de Clínicas para ser profesor. Por lo cual me puse más contento porque me quedaba mucho más cerca de la Facultad de Medicina. Así que empecé mi carrera en Medicina conjuntamente con la asistencia en Dermatología.
Con el tiempo, me fui entusiasmando cada vez más, y ya al segundo o tercer año de Medicina me sentía también medio dermatólogo. Creo que a lo largo de los años demostré que no me había equivocado. Ya me manejaba en el servicio como un médico más, siendo estudiante de Medicina. Cuando me recibí de médico, estuve seis meses en Estados Unidos. Después volví. Para ese entonces vivía en Ramos Mejía y tenía un viaje de hora y media, ida y vuelta. Entonces le pedí al Dr. Cordero si no podía vivir en el hospital. Había una zona en Dermatología donde me podía quedar. Así que me vine a vivir al hospital durante dos años. Cuando conocía a una chica y me preguntaba dónde vivía, yo le decía que había un piso para los muertos. Después tuve un departamento a unas cuadras del hospital, donde viví varios años.
Y así me fui desarrollando de la mano del Dr. Cordero. Obviamente que fui complementando esta enseñanza con viajes a España y a otros lugares del mundo. Pero básicamente la impronta de mi carrera se la dio el Dr. Cordero, hasta el último día de su vida. Unas horas antes de que falleciera, yo estaba en su casa mostrándole la tapa del segundo libro que habíamos escrito, “Manifestaciones Cutáneas de Propiedades Sistémicas”. Lo editó Panamericana. Lamentablemente, el segundo tomo no llegó a editarse. El primero fue un gran éxito porque, obviamente, tenía la impronta Cordero, que era muy didáctico, con muy buenas fotos.
Ese privilegio de empezar Dermatología junto con Medicina me permitió, obviamente, profundizar, acelerar, incrementar los conocimientos vinculados con la Dermatología. Estaba empapado más de la Dermatología que de la Medicina en general. Y como este es un hospital universitario, cuando se jubiló Cordero, durante varios años fueron rotando distintos profesores, como jefes de cátedra, con los cuales compartí también la actividad diaria de enseñanza y aprendizaje, y también fue muy enriquecedor.

CE: Estaba rodeado de docentes…
Sí, por eso me siento un poco privilegiado de la enseñanza que pude recibir, y además del aprendizaje que pude ejercer también porque era soltero, y como hasta los cuarenta y pico lo fui, no tenia compromisos familiares. Para mí, el gran compromiso era, y todavía sigue siendo, aunque tengo una familia muy linda, la Dermatología.

"Pero si puedo decir que me siento orgulloso, es precisamente del proyecto ATD, que escapa a una simple revista, es un proyecto más allá de eso, que involucró a toda Latinoamérica”.
- Miguel Ángel Allevato

CE: ¿Cuándo entró en la Sociedad Argentina de Dermatología (SAD)?
Entré como vocal, como pro-tesorero. Fui ocupando distintos cargos, y en cada uno de ellos creo que dejé una impronta. A mí la actividad política no me atrae demasiado, pero nunca me alejé de la Sociedad, porque siempre tuve intervención en ella, sobre todo con un curso legendario y clásico como es el Curso Pierini, el cual vengo conduciendo por 34 de los 60 años que lleva el curso. Así que empecé a temprana edad con el Curso Pierini, de lo cual me siento muy orgulloso porque realmente es un éxito de la dermatología argentina que otros países de Latinoamérica están de alguna manera tomando como modelo.
El año pasado me pareció que ya a la altura que estaba en mi carrera, con toda la experiencia acumulada en la SAD, podía volcarla en beneficio de la dermatología argentina y de los socios, por eso con un grupo de dermatólogos decidimos postularnos y obtuvimos la aprobación de los socios que, generosamente, nos apoyaron.

CE: ¿Qué diferencias hay entre los roles que ocupó anteriormente, de vocal y de pro-tesorero, y el actual, como Presidente de la SAD?
Siempre en mi vida tuve el privilegio de hacer prácticamente lo que quise, y es por eso que quise mucho lo que hice. Entonces, cuando uno quiere lo que hace, y hace lo que quiere, es una combinación muy buena para hacerlo con alegría, felicidad y dedicación plena. Por eso siempre estuve muy cómodo y el trabajo no me asusta para nada. Creo que es un modelo que copié de mi padre, que trabajaba de sol a sol: yo empecé a trabajar a los 9 años, y no paré hasta hoy. A los 9 caminaba 15 kilómetros por día vendiendo diarios, y con eso me recibí. Trabajé de eso desde los 9 hasta que me recibí de médico. Eran cuatro horas por día que caminaba, lo que me permitía estar muy delgado, un estado atlético espectacular, y me dio una enseñanza de vida única, que no está en ningún libro, y que es la calle. Hoy no lo podría hacer de nuevo porque si caminara esos 15 kilómetros de noche como los caminaba, llego casi desnudo y con un cuchillo en la espalda.  Eso lo hacía allá en la zona de Ramos Mejía, donde yo vivía, entonces todo era tierra, el arroyo Maldonado estaba sin entubar, y cuando llegaba el invierno, llovía y se inundaba, y tenías que pasar por esa inundación, cosas que hoy son muy impensables. Eso me dio una gran soltura, libertad, y estoy acostumbrado al trabajo.

CE: ¿Cómo arrancó con el renombrado Curso Pierini?
 Cuando se cerró el Pierini, se hizo tres años acá en el hospital, y yo trabajaba acá, me había recibido hacía poco, hacía dos años, y uno de los directores me vio como potencial colaborador, porque estaba en el hospital, y ahí fue entonces cuando me incorporé, y nunca me bajé.

CE: En la página habla de algo particular del Curso Pierini, de que se diseminó por Latinoamérica…
Claro, el Curso Pierini, que empezó en el hospital Rawson, era un curso al principio para 30, 50 personas, y cuando llegó al Hospital de Clínicas, los dermatólogos ya se habían incrementado, y era un curso para 200 o 300 personas, más o menos, de todo el país. Al curso Pierini que hicimos el mes pasado, el número 60, vinieron 2000 personas. Y vino un grupo importante de Latinoamérica, porque, como su nombre lo dice, es muy intensivo, pueden ver pacientes, y tiene otro enfoque muy particular, que a mí también me tocó vivirlo, que es que suele ser el debut de todos los médicos jóvenes. El primer trabajo de los médicos jóvenes lo presentan habitualmente en el Pierini, como me pasó a mí, en el 76, a los tres meses de haberme recibido, que presenté mi primer trabajo en el Hospital Rawson, en el curso Pierini, con Pierini adelante. Me estaban escuchando Pierini y todos los popes, así que hasta hoy recuerdo cómo temblaba ese día en la presentación, porque era un grupo muy chico.

CE: En cuanto a la docencia, tanto en su vinculación al Curso Pierini como al haber estado rodeado de docentes, que le instruyeron en la dermatología, ¿se le fueron formando ideas sobre lo que tenía que ser la docencia específicamente?
Claro que sí, este es un hospital universitario. Por lo tanto, es tan importante la parte asistencial como la parte docente. Y aquí pasan por nuestro servicio alrededor de 600 alumnos por año -una cifra récord- para cursar la materia de Dermatología, lo cual requiere obviamente una infraestructura, una capacitación y un equipo para poder satisfacer adecuadamente esas 600 voluntades. A mí siempre me gustó la docencia, lo cual también es importante. Puedo dar la misma clase o el mismo tema, pero nunca de la misma manera, porque siempre lo adecuo al grupo humano, al auditorio; si no, pondríamos una película y ya está. Creo que uno de los grandes secretos de un buen docente es ser motivador del tema que está dando. Si el alumno no está motivado, por más que le demos una clase espectacular, no le resultará interesante.

CE: De alguna manera, estuvo más de la mitad de su vida viviendo alrededor de esta área. Tiene una familiaridad que lo hace sentir como en su casa…
Claro, estoy más tiempo acá que en mi casa. Pude encontrar un lugar que me gusta, a pesar de todas las vicisitudes y carencias que tiene el Hospital de Clínicas. Cuando uno se acostumbra o se desarrolla en este ambiente carencial, uno se adecua a la realidad y sobrevive, como sobrevive el chico de clase media o el de la villa. No la pasa mejor el que más tiene, sino el que disfruta con lo que tiene, y yo acá disfruto con treinta y pico de médicos jóvenes que se están formando en este momento. Y eso me motiva, es el mejor antioxidante que uno pueda tener, porque estar en contacto permanentemente con la gente joven, que es requirente de conocimiento, lo obliga a uno a estar actualizado y uno no tiene tiempo de oxidarse.

CE: En el Hospital de Clínicas, ¿qué rol desempeñaría ahora y cuál es el que desempeñó a lo largo de los años durante su carrera?
Yo empecé en el Hospital de Clínicas como un “che pibe”, como estudiante, porque era joven. Si había que pintar una sala, yo pintaba. Si había que hacer unos carteles para el hospital, los hacía. No tenía ningún problema. Insisto, no tenia familia, y mi gran motivación era el hospital, así que estaba para todo servicio, como estudiante – aunque era un estudiante particular, porque ya hacía funciones de médico – y luego como médico, jefe de trabajos prácticos, jefe interino, jefe por concurso y profesor adjunto. Ahora, estoy a cargo de la jefatura del servicio, compuesto por 150 personas. Soy responsable docente, o sea, responsable de 600 alumnos. Una carga bastante fuerte. Pero si uno ordena las cosas, delega y comparte… Todos estos fueron logros progresivos, que los esperé, los busqué, los conquisté y los traté de dignificar.

Miguel Ángel Allevato
Presidente de SAD

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