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Revista N° 43


LA HIGIENE CUTÁNEA: LIMPIEZA SIN DAÑO
Claves dermatológicas

Muchos productos que limpian la piel terminan alterando su función como barrera protectora. Por eso, la elección de un limpiador depende tanto de su mecanismo de acción como de las condiciones cutáneas propias y la interacción de estas con el medio ambiente.

Eliminar la suciedad que se deposita sobre la piel es tanto una necesidad
estética como sanitaria. La higiene de la piel no es un simple paso cotidiano, sino que implica una concientización y prudencia en su cuidado, que comienzan por una correcta elección del producto de limpieza, seguida de una higiene adecuada a las condiciones cutáneas y a las circunstancias a las cuales la piel se ve expuesta. Esta limpieza debe respetar el normal funcionamiento de la piel y garantizar el mantenimiento de la barrera de la cual depende el equilibrio de sus funciones, tanto como primer paso del tratamiento en un gabinete cosmetológico como en el cuidado diario.

El profesional cosmetólogo debe poseer un alto grado de conocimientos en cuanto
a la función vital que cumple el órgano cutáneo como barrera de protección, los diferentes biotipos y sus particularidades individuales, la variedad de elementos que se depositan en la superficie cutánea, y los agentes limpiadores con sus interacciones y mecanismos de acción sobre el tegumento. Para que la limpieza respete la fisiología de la piel, todos estos factores deben ser tenidos en cuenta.

Qué es la higiene cutánea

La fisiología cutánea aporta a la superficie de la piel una variada cantidad de elementos que se depositan sobre su superficie, y que resultan de las diferentes funciones que lleva adelante. Un tipo de elemento son los lípidos, provenientes de las glándulas sebáceas y del producto de su propio metabolismo, así como de la difusión del agua transepidérmica y del sudor ecrino, lo que conforma el manto hidrolipídico que recubre la piel. Anidan además diversos microorganismos que constituyen la flora cutánea y que cumplen un papel esencial en el equilibrio del organismo.

La piel está expuesta, al mismo tiempo, a componentes instalados en el medio ambiente, que constituyen un factor exógeno a tener en cuenta. Entre estos componentes figuran el humo, los gases, el hollín y grasas. La piel también mantiene contacto con cosméticos y maquillajes.

Cuando todos estos elementos no se renuevan a diario convenientemente, la carga positiva (catiónica) de la suciedad, que es distinta a la de la piel (que posee carga negativa), contribuye a su fijación sobre la queratina, dado que cargas de signo contrario se atraen.

Esta variedad de elementos que ensucian la piel se componen de partículas con diferentes fases: hidrosolubles (que se disuelven en agua), liposolubles (que se disuelven en grasas o aceites) e insolubles (que no se pueden disolver ni diluir). Como en toda superficie, estos elementos ejercen una “tensión superficial”.

Por definición, la tensión superficial “preserva la integridad de una superficie”, por lo tanto, para eliminar todos estos elementos, el agua no es suficiente. Al contrario de lo que creen muchas personas, la suciedad lipófila no se remueve sólo con agua, sino que requiere el uso de productos de limpieza con agentes activos capaces de adherirse a la suciedad y disminuir la tensión superficial. Estos agentes se llaman
tensioactivos, surfactantes o syndets (detergentes sintéticos), y son el componente básico de los cosméticos de higiene con los que contamos cotidianamente. Se venden en las más diversas presentaciones: geles, espumas, leches, cremas, emulsiones y lociones.

Qué es un tensioactivo o surfactante

Son moléculas que influyen por medio de la tensión superficial en la superficie de contacto entre dos fases, con una particularidad: llevan una estructura química con dos grupos diferentes, que forman una cabeza polar y una cola no polar. Estos dos grupos son: el polar hidrófilo, que posee afinidad por el agua (hidrosoluble), y el no polar lipófilo, que presenta afinidad por los lípidos (liposoluble). Estas características les otorgan la capacidad de unir las diferentes fases.

Se distinguen cuatro tipos según su polarización en el agua. El aniónico tiene carga eléctrica negativa en el grupo hidrófilo. El catiónico posee carga positiva neta en su parte hidrófila.

El no iónico no posee carga eléctrica neta.
Por último, la carga eléctrica hidrofílica del tipo anfótero cambia en función del pH del medio.
Los aniónicos son más detergentes que los anfóteros.
Estos detergentes sintéticos o syndets, a diferencia del jabón convencional, tienen la posibilidad de ajustar su pH al pH cutáneo, lo que se traduce en formulaciones más compatibles con el órgano cutáneo. Se pueden distinguir varios mecanismos de acción: desengrasante, porque eliminan restos de sustancias liposolubles fijadas en la piel; espumante, ya que son capaces de formar espuma por la tensión interfasial (es decir, la producida entre dos fases, en este caso, entre el líquido y el gas); y humectante, dado que absorben agua en su molécula y necesitan incorporar agua para ejecutar su acción, lo que reduce drásticamente la tensión.

Este último proceso permite que el tensioactivo entre en contacto con la suciedad y
forme micelas, las cuales envuelven la suciedad.

También puede emulsionar grasas sin necesidad de formar espuma, y tiene propiedades dispersantes, ya que las micelas en solución se repelen por poseer igual carga. Así, las partículas de la suciedad se dispersan y se despegan de la superficie, para ser eliminadas con el enjuague posterior. Además, en un medio acuoso las micelas son capaces de introducir, mediante la acción mecánica de la frotación, las fracciones lipídicas de la suciedad adherida a la superficie cutánea.

Las partículas insolubles son retiradas con el enjuague final.

Las micelas no son estructuras geométricamente perfectas sino que se reestructuran constantemente y tienen una vida media de corta duración. Esta inestabilidad micelar da lugar a monómeros de surfactante lo suficientemente
pequeños como para atravesar la capa córnea, razón por la cual el enjuague final debe ser abundante para que no queden restos que podrían interactuar con los agentes químicos del producto que se aplique posteriormente, lo que podría llegar a provocar alguna reacción no deseada.

Optimizar la higiene

Para que la limpieza sea efectiva y beneficiosa, hay que tener en cuenta tanto factores propios como externos. Uno de ellos es las condiciones que presente la piel y que determinan la elección del producto y el método de lavado: masaje suave, frotación o cepillado, por ejemplo. El biotipo, el fototipo y la sensibilidad son condiciones cutáneas propias, a las que se les pueden agregar desórdenes como la seborrea, la rosácea o el acné, entre otros. La piel puede verse modificada además por diversos tratamientos dermatológicos, como peelings médicos y uso de exfoliantes, queratolíticos o medicamentos tópicos o sistémicos.

Asimismo, la piel se ve sometida continuamente a todo aquello que es parte del entorno del individuo y responde según sus características individuales a las diferentes situaciones a las que se ve expuesta. La exposición al Sol, a
temperaturas extremas, a ambientes calefaccionados y al viento, sumada a las características del lugar geográfico en el que se vive y a las actividades que se realizan son algunos de los condicionantes del medio ambiente a tener en cuenta.

Todo ello establece y exige una anamnesis muy cuidadosa del profesional cosmetólogo tanto para abordar el tratamiento como para guiar y asesorar de forma adecuada a quienes acudan a la consulta de gabinete. Una buena anamnesis implica una evaluación clínica minuciosa y un interrogatorio que permita incorporar
datos de importancia para establecer con seguridad el protocolo a seguir, estudio analítico que tiene por finalidad saber interpretar lo que se observa y relacionarlo con los diferentes factores que hacen a la vida cotidiana del individuo. Esto implica, además, enseñar acerca del cuidado diario de la piel.

Existe una gran variedad de formulaciones y combinaciones de agentes químicos dentro de un producto de limpieza. La elección queda sujeta al buen criterio del profesional. En ese sentido, debe atenderse a la función del manto ácido como barrera natural de la piel, a fin de evitar que sustancias muy detersivas lo deterioren o alteren: cuando el agente tiene gran potencia limpiadora, disuelve los lípidos
epidérmicos e interactúa directamente con la capa córnea, al tiempo que desestructura el cemento intercorneocitario y modifica así la permeabilidad. El resultado: disrupción del manto ácido y alteración de la flora cutánea.

Los tensioactivos muy detersivos acompañados de agua caliente afectan los lípidos naturales de la piel y bloquean la capacidad de tapón que tiene la capa córnea. Por consiguiente, la pérdida transepidérmica de agua (conocida como TEWL por su sigla en inglés) aumenta, y a su vez el valor normal de su pH cambia, algo preocupante dada la importancia de este último en el mantenimiento del delicado
equilibrio de la piel.

Factores de riesgo

Métodos agresivos de limpieza, como lavados con agua muy caliente o aguas calcáreas o cloradas, o uso excesivo de exfoliantes, pueden contribuir notablemente a potenciar la acción limpiadora y aumentar de esta manera los factores de riesgo.
Es conveniente evitar estos procedimientos y utilizar métodos menos perjudiciales, como, por ejemplo, lavados con agua tibia, que evitan que el surfactante pueda ser irritante. En el caso de la limpieza del rostro, si no se cuenta con agua de red o esta es demasiado clorada, conviene emplear agua hervida o mineral.

Además, no se debe abusar de los exfoliantes, ya que la piel tiende a defenderse y se altera así su normal regeneración. Independientemente del producto limpiador elegido, el exceso de lavado produce a la larga modificaciones en el pH, sequedad cutánea y cambios en el ecosistema de la flora saprófita, lo que desequilibra la función protectora de este órgano.

Acondicionadores

Para evitar estos efectos indeseables, a la hora de elegir es conveniente leer con detenimiento la fórmula de un producto antes de comprarlo.

La industria cosmética, atenta cada vez más a respetar la fisiología cutánea, está lanzando al mercado formulaciones combinadas con diferentes tensioactivos dermocompatibles, a los que suma agentes acondicionadores que pueden
compensar muy bien la acción detergente intensa. En la actualidad, hay una tendencia a emplear derivados de origen vegetal con efecto acondicionador que regulan la textura final del producto y poseen buena extensibilidad, lo que evita que el manto emulsionado pierda sus propiedades.

En conclusión, la elección del agente limpiador, el método empleado y la indicación diaria están sujetos a la evaluación del profesional, que debe evaluar la relación “riesgo-beneficio” y alternar entre productos muy detersivos y otros que no lo sean tanto. Aunque así se comprometa en parte la acción limpiadora, es una opción a tener en cuenta para evitar que la piel expuesta a una detergencia permanente se
vea afectada.

En definitiva, todos los procedimientos realizados con moderación se acercan más a la naturaleza de la piel y permiten cumplir más fielmente la consigna de mantenerla limpia y saludable “sin dañarla” y siendo respetuosos de su biología. Si se cumplen estos requisitos, este paso estético y sanitario tendrá un valor inapreciable en todo tratamiento cosmetológico.

¿Cómo tener una piel sana y bella todos los días?

Para una piel libre de impurezas es muy importante utilizar un limpiador facial dos veces al día. Por la mañana, porque durante la noche la piel elimina toxinas y restos de suciedad que expulsa hacia el exterior; y por la noche, para eliminar la suciedad que se ha ido acumulando a lo largo de la jornada y permitir una buena oxigenación y regeneración nocturna.

MECANISMO DE LA DETERGENCIA
Es un mecanismo complejo que pone en marcha fenómenos interfasiales, en el que interactúan el vapor, el manto hidrolipídico, la suciedad, la capa córnea, el tensioactivo y el agua que se necesita para que este actúe. En ese proceso, las interfaces se producen entre:


Beatriz Mastrangelo
Cosmiatra, coordinadora general del gabinete de Cosmiatría del Hospital Dr. Diego E. Thompson y docente de la Universidad de San Martín.

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